Llueve, llueve sobre Valdivia
llueve sobre los bosques
sobre los techos rojos
mojando la madera
de la casa natal.
Llueve, llueve allá en Curiñanco
la señora María
mate con sopaipillas
me cuenta su alegría
y sus penas de mar.
Llueve, llueve y yo aquí en Collico
esperando el día en que el sol
venga a mi puerta a conversar.
Llueve, llueve y en Angachilla
los niños van jugando con el barro
de nuestra población...
haciendo el pan.
Llueve, llueve Antilhue en la espera
del tren con los parientes
que en cada primavera
llegan con su aguardiente
desde la capital.
Llueve, llueve en calle Picarte
y los suplementeros
van corriendo ligero
mostrando al presidente
hablando allá en Coihaique.
Llueve, llueve y los alemanes
van a comprar pescado
los viernes en el mercado fluvial.
Llueve, llueve y el Calle-Calle
habla y habla en silencio
llevándose a los muertos
hacia el mar...
a navegar.
Llueve, llueve y mi cigarrillo
solo se ha consumido
sin poderlo fumar...
HASTA PRONTO NELSON SCHWENKE
Llueve, llueve sobre Valdivia
llueve sobre los bosques
sobre los techos rojos
mojando la madera
de la casa natal.
Llueve, llueve allá en Curiñanco
la señora María
mate con sopaipillas
me cuenta su alegría
y sus penas de mar.
Llueve, llueve y yo aquí en Collico
esperando el día en que el sol
venga a mi puerta a conversar.
Llueve, llueve y en Angachilla
los niños van jugando con el barro
de nuestra población...
haciendo el pan.
Llueve, llueve Antilhue en la espera
del tren con los parientes
que en cada primavera
llegan con su aguardiente
desde la capital.
Llueve, llueve en calle Picarte
y los suplementeros
van corriendo ligero
mostrando al presidente
hablando allá en Coihaique.
Llueve, llueve y los alemanes
van a comprar pescado
los viernes en el mercado fluvial.
Llueve, llueve y el Calle-Calle
habla y habla en silencio
llevándose a los muertos
hacia el mar...
a navegar.
Llueve, llueve y mi cigarrillo
solo se ha consumido
sin poderlo fumar...
LANA DEL REY.....existe ?
No hay cosa que irrite más al aficionado serio que las operaciones de marketing en música. Cuando se siente empujado a comprar un álbum y después se percata que lo ha hecho a través de un impulso inducido. Sin embargo, tal operación maléfica deja inmediatamente de serlo si la víctima es consciente de ello.
Me gusta la operación Lana del Rey. Me gusta desde la denominación de origen y la nomenclatura. Harto ya de campañas destinadas a un público adolescente cuyo nivel de inteligencia es inversamente proporcional al de su testosterona, así como de otras –más ruines aún por proceder del entorno alternativo– vendiendo ruido mediocre como arte, he de rendirme ante la irrupción avasalladora de una chica de buena familia llamada Elizabeth Woolridge Grant, que se pone un nombre artístico a juego con la imagen que desea publicitar. Aquí ya no hablamos de sexo por el morro, sino –aunque neoyorquina– del Los Ángeles de “Mulholland Drive”, del refinamiento de las formas, de la sensualidad vintage y de la épica del blanco y negro moribundo cuando se torna color; de “Lo que el viento se llevó” y las estrellas femeninas de verdad, las de glamour inaccesible, las Rita Hayworth que se fotografiaban medio giradas de espalda, con la cabeza tras el hombro mirando atrevidamente a la cámara. ¿Perspectiva machista? Más bien reflejo de una época.
Todo ello, no obstante, carecería de valor si tras la operación se escondiese la inefable gran burbuja de vacío musical. No es el caso; al menos tajantemente. “Born To Die” contiene una aceptable variedad de recursos para autoproclamarse ejemplo de pop decoroso. Sabe coger de cada variante vigente lo justo para realzar su elegancia. No encontrarás pop sin pulir –“Radio”–, ni R&B sin pulir –“Diet Mountain Dew”–, ni simulacros de rap sin pulir –“National Anthem”–. De hecho, no se encuentra nada sin pulir –la suntuosa orquestación de “Video Games” y “Born To Die” abanderando–, con el plus de unas canciones que no adivino si –como su dueña– serían atractivas desnudas o son atractivas porque han sido vestidas así.
En cualquier caso, el estudio de impacto de “Video Games” debe realizarse muy en serio teniendo en cuenta tanto las características propias de una gran canción –y no solo hay una: poco tiene que envidiar “Million Dollar Man” a un clásico– como los resortes difusores tecnológicos utilizados, así como su diferencia respecto al target de campañas similares (Justin Bieber, Lady Gaga, etcétera).
Pero, por encima de disquisiciones varias –la avidez meteórica de una carrera en pos de aprovechar el momento, su discutible directo, una personalidad incapaz de darle vida al personaje que interpreta, la poca fiabilidad de sus activos futuros–, un concepto queda claro en este caso: si la canción no sirve, por mucho maquillaje externo e interno que lleve, por mucha cirugía labial –negada por ella–, hablaríamos de aburrimiento. Si en cambio es buena, y un tercio de las de “Born To Die” me parecen de un nivel digno, estamos hablando de clase.
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